una cumbre de altos vuelos y bajas expectativas

Joe Biden y Xi Jinping se verán este miércoles las caras en San Francisco en el momento más bajo entre EE.UU. y China desde el establecimiento de relaciones diplomáticas a finales de la década de 1970 y en un contexto de dificultades para ambos líderes.

La «estabilización» de las relaciones con el gigante asiático -el objetivo general defendido por la Administración para esta cumbre- es quizá una meta deseada por los dos presidentes, después de turbulencias abundantes en los últimos años. Empezaron durante la presidencia de Donald Trump, que plantó una guerra comercial a China que Biden no ha abandonado, y que se han exacerbado con la acumulación de poder de Xi y con los esfuerzos de su homólogo estadounidense por contener las ambiciones chinas en todo el mundo.

La última vez que Xi y Biden se vieron fue el año pasado en la cumbre del G-20 en Bali. Fue un encuentro para tratar de poner buena cara a una mala relación y, desde entonces, las cosas han ido a peor. A la crisis a comienzos de año por el globo espía chino derribado en territorio estadounidense se han sumado el endurecimiento de la guerra comercial tecnológica, los escarceos y provocaciones militares en el Pacífico, las acusaciones de espionaje tecnológico y militar o el oxígeno económico y diplomático que Pekín le ha dado a la Rusia de Vladímir Putin en su invasión.

«Volver a una senda normal»

No es que Biden y Xi no se hayan vuelto a ver desde entonces, es que no han mantenido ni una conversación telefónica, en una prueba de la fractura en las relaciones entre las dos grandes potencias globales.

El éxito de la cumbre sería «volver a una senda normal de relaciones, ser capaces de coger el teléfono y llamarnos el uno al otro cuando haya una crisis, asegurarnos de que nuestros ejércitos mantienen el contacto el uno con el otro», dijo ayer Biden desde la Casa Blanca. «No tratamos de desacoplarnos de China, tratamos de que la relación cambie a mejor».

Esa referencia a las comunicaciones militares podría ser uno de los anuncios que podrían extraer de la cumbre: la restauración de la vía de contactos entre sus ejércitos, que China cortó como represalia por la visita de Nancy Pelosi, entonces presidenta de la Cámara de Representantes y tercera autoridad de EE.UU., Taiwán en agosto del año pasado.

Otros anuncios podrían tener que ver con el control de la entrada de fentanilo -el opiáceo con gran poder adictivo que arrasa comunidades enteras en EE.UU.- o cambio climático.

Bajas expectativas

Serán, en cualquier caso, anuncios de bajo relieve comparados con la importancia de la cita, para la que la Administración Biden se ha preocupado por mantener las expectativas bajas. Lo expresó este lunes a la prensa el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, que circunscribió la situación de la relación entre ambas potencias a «gestionar la competencia de manera responsable para que no vire hacia el conflicto». Al contrario que en las cumbres de antaño, no se espera un comunicado conjunto.

Lo que es evidente es que ambos líderes necesitan que la relación entre ambas potencias, en especial en el plano económico, no se siga deteriorando. Pese a las muchas fricciones, EE.UU. y China mantienen un nivel de comercio de 760.000 millones de dólares y que como han recordado en los últimos tiempos Sullivan y la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, sus economías son «interdependientes» y las tensiones perjudican a ambos.

Lo ha explicado mejor que nadie el propio Xi: «Hay miles de razones por las que mejorar la relación entre EE.UU. y China, y ninguna por la que empeorarla». En su caso particular, el deterioro de la economía china, que ha perdido el empuje de las últimas décadas y que amenaza con afectar a su propia figura dentro del país, no necesita de nuevas turbulencias con EE.UU. Tras su encuentro con Biden, Xi celebrará una gala con empresarios estadounidenses para animarles a seguir invirtiendo en su país.

En el caso de Biden, se juega su reelección dentro de un año, y está lastrado por una gran impopularidad, que se debe en buena parte a la inflación que ha estrangulado a las familias estadounidenses. Fortalecer la economía es objetivo prioritario para el presidente de EE.UU. y la estabilidad con China es clave para ello.

Los intereses comunes, sin embargo, no harán desaparecer las tensiones, que aparecen por todos lados: las elecciones en Taiwán a comienzos del año que viene; el conflicto en Oriente Medio, donde Washington busca que Pekín coopere en la contención de Irán, el financiador de Hamás; o el reforzamiento de la posición de EE.UU. en la región Asia-Pacífico, con movimientos en Filipinas, India o Indonesia que incomodan a China. Nada de eso se solucionará en la cumbre en San Francisco, pero Biden y Xi se contentan con que las fricciones no empeoren.